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El fenómeno Penélope Cruz

febrero 22, 2010 Deja un comentario

Musa última de Almodóvar y bajo la claqueta de ilustres nombres como Amenábar, Trueba o Woody Allen, Penélope Cruz es la funámbula de tan extraño equilibrio entre el star system hollywoodiense y el papel cuché español. Esa figura por la que la prensa estadounidense moría por fotografiar junto a Tom Cruise, y que es merecedora del reconocimiento de un Oscar. Esa figura por la que la prensa española muere por fotografiar junto a Javier Bardem y por la que Álex de la Iglesia se habría rasgado las muñecas de no aparecer en la alfombra roj… digo, verde, de los Goya.

Tenue doble equilibrio entre mundos tan dispares en lo que al tratamiento de sus estrellas se refiere, como el español y el estadounidense, y entre dos esferas tan a menudo ligadas como la del cine y la del corazón. Salir de todas ellas no sólo indemne sino airosa, respetada y alabada, tal vez no sea la clave del fenómeno de la actriz alcobedense. Pero, cuanto menos, sí una de sus consecuencias más brillantes. Y lo es con especial mérito si tenemos en cuenta la puntual brillantez en sus actuaciones, en una carrera ya tan extensa como plagada de papeles desapercibidos.Entre los logros de Pe destaca la comodidad y desenvoltura en dos esferas cinematográficas y sociales de muy diverso calado. Sin miedo al equívoco, parece emular papeles cruzados en su doble vida. Abraza aquel que más resplandece al calor de las tan diferentes luces del Teatro Kodak de Los Angeles y del Palacio Municipal de Congresos de Madrid. La mujer pasionalmente latina de Vicky Cristina Barcelona y la explícita sensualidad de Nine, más la flamenco-folclórica que Annie Leibovitz creó para Vogue, se sostienen por sí solas en Estados Unidos, facilitándole su entrada en el fagocitador mundo de Hollywood, a lo que algo tuvo que aportar también Cruise. Todo ello, con prensa y opinión española recibiendo los estímulos de forma amable, sin entrar en cólera por la imagen mental de la estrella española devaluada en el tópico.

Esa cara tiene el también amable trasfondo ibérico, con una Pe (hasta en el diminutivo parecen haber cuadrado ambos mundos) que hace las veces de mega estrella en los actos del cine español y que actúa de embajadora en los Yuesei sin rubor ni altivez. Esa que aporta de forma natural el glamour del que acostumbra a carecer la escena cinematográfica local. El gran foco en una alfombra roj… verde, vaya. Esa por cuyo rostro la audiencia televisiva de la gala de los Goya se eleva en (por lo menos) medio millón, por el simple hecho de sentarse en primera fila junto a un hombre de apellido Bardem. La que importa sin ficción lo que la escena mediática estadounidense le ha concedido. Todo, cuidándose de encajar su agenda para alternar los papeles en ambos cines, sin despreciar los que le ofrece la escena española (especialmente la almodovariana), e incluso reservándose para ésta algunas de sus más brillantes posturas como actriz, la de más viva pasión con la cámara y la más descarnada, comúnmente.

La legitimidad del estrellato de la madrileña reside en buena parte en la risueña doble cara que la convierte en una de las figuras españolas más mediáticas. Al nivel o por encima incluso de Antonio Banderas o el propio Javier Bardem, que se le acercan en la condición pero no en la postura y en el equilibrio, donde Penélope expande el fenómeno. El deseo por su figura a ambos lados del charco y la irremediable combinación de su carrera cinematográfica con la de amoríos hacen de Penélope centro recurrente en conversaciones de cesta de la compra, en las picantes de barra de bar, en las gafapasta pseudointelectuales y en las eruditas cinematográficas. Y en muchas más. Un mito, oiga.

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