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La ilusión del proceso creativo

marzo 26, 2010 1 comentario

Un día quise ser escritor. Afortunadamente, no me tomé en serio. No me veía yo ahí. No creía que existiera la suficiente locura en mi vida como para optar a ello. Mi vida era, pues… normal: iba a la escuela, practicaba deporte y salía con mis amigos. Nada más. Ni rastro de esquizofrenia ni enfermedad mental, ninguna adicción conocida, ninguna musa imposible… Porque los artistas son eso, locos, chalados que viven continuamente situaciones extremas que les inspiran las más bellas canciones, los más profundos poemas y las más místicas películas. Sólo de pensar lo que hubiera tenido que esperar a que mi vida tocara un extremo inalcanzable para poder sentarme a escribir (probablemente borracho)… Creo que me hubiera llevado algo de tiempo. Quizás un par de vidas.

Se me hacía algo difícil ser Leopoldo María Panero. Si algo había claro es que no se podía escribir en felicidad. En algún momento soñé mi vida en trágico para ser capaz de sentarme a escribir. En algún lugar debían habitar las musas, ¿no?

Por eso se me hace tan placentero como descolocante entender la normalidad en el proceso creativo. La caída de un mito más grande que el de la caverna. Jorge Drexler desmitificaba hace un par de semanas en la presentación de su disco en Barcelona. Leía sus canciones desprovisto de guitarra, a modo de poemario. Iba explicando su sentido, para acabar espetando: “Me doy cuenta de lo que significan a medida que lo voy leyendo ahora”. La racionalización a posteriori en un cancionista de la belleza del uruguayo, el escribir lo bello por lo bello y sólo después buscarle la metáfora, la alegoría, el sentido oculto. Resulta difícil creer en lo oculto –y no en la invención– si lo es también para el propio artista en el acto de la creación.

Cada vez me sorprendo menos de las veces que ese sentido aboca a la metacanción. Ese momento en el que el músico, falto de lo necesario pero con la necesidad de componer, tiene la brillante idea de plasmar con música la dificultad de escribir una canción, sobre cómo no encuentra la fórmula, sobre la desesperación por la obligación incapaz de cumplir. Cada músico tiene su particular metacanción. Drexler hablaba de su Los transeúntes precisamente como eso, como una canción sobre el arte de hacer canciones surgida de mirar por la ventana de su piso-estudio de Chueca. Y de fabular a partir de lo que veía a través de ella. Un simple día, a partir de la simple mirada de los paseantes para, luego, inventarse una historia. Todo demasiado simple, todo demasiado ficción para seguir creyendo en lo místico y oculto de toda canción.

“Soy menos cuidadoso de lo que me gustaría ser”, describía Enrique Bunbury en una entrevista a un diario en su periplo por los Estados Unidos. “A veces escribo demasiado rápido. He escrito canciones que me han demorado 20 minutos y que luego han gustado muchísimo y dices, ‘Bueno, hay canciones que pude haber afinado más'”. Rápido, hasta descuidado. Y uno no puede dejar de sentirse algo sucio por pensar que pudo haberse emocionado con una canción tan fácil. Que 20 minutos no son suficientes como para trastocar mi fibra. Pero sí, lo son. [Qué engaño…]

Al ver todo eso, al final, me lo acabaron poniendo tan fácil, que dejé de querer ser escritor.

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