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Paredes de Rubí

marzo 9, 2010 1 comentario

Existe en torno al graffiti un rechazo frontal al que bien le vendrían unas dosis pedagógicas. El mismo tipo de aversión que despertaron en su momento otras variantes artísticas, con el agravante del vandalismo que se asocia al graffitero sin ningún tipo de matiz. Un vandalismo al que se vincula también a toda la cultura rapera que le rodea: desde el skate (o esos locos que ponen en peligro a nuestros hijos en el parque) hasta el hip hop (esa música callejera, malhablada e insultona, en la que hacen ver que cantan), pasando por la estética de pantalones caídos, sudaderas anchas y gorras de visera plana.

Todo en el mismo pack, agitado, para derivar en esa cultura que atenta contra la pulcritud urbana que con tanto celo queremos que los demás mantengan por nosotros. Un graffo es capaz de darle vida al hormigón que reina nuestras ciudades, aunque parece que es la grisura la limpieza que queremos mantener. La monotonía de un cemento que daña la vista por su exceso. Defenestramos todo parque que tenga más de dos metros de piso gris, pero nos cargamos también aquel que pretende hacer del muro un lugar de expresión que rompa lo anterior. Las paredes cercan nuestra coherencia, la libertad de una ciudad sin espacios, sitiada por coches y fincas privadas en la que el camino es y sólo es delimitado. Pero, al mismo tiempo, parece que todo lo que altere el reconocidamente monótono paisaje debe también desaparecer.

Pero, distingamos. Un graffo es esto:

Photobucket(Foto: Ayuntamiento de Rubí)

No esto.

Photobucket

Esto es una parida. Que puede hacer más o menos gracia cuando lo escribes (borracho, seguramente sea mucha). Pero una parida al fin y al cabo.

A continuación, un mero paseo por Rubí, donde se pueden captar todas estas imágenes en apenas unos minutos, sin rebuscar demasiado. En Rubí existe un cierto circuito de ambiente hiphopero, instaurado de unos años a esta parte. Algunos grupos ilustres del rap español han surgido de esta ciudad (Solo los Solo, el caso más famoso) y existen eventos anuales que recogen la expresión de esta cultura urbana (el festival Mixing Colors ha traído a la ciudad artistas consagrados como La Excepción, Solo los Solo, Tote King, Juan Profundo, Shotta…). Pero lo que muestra un simple paseo no es precisamente eso…

PhotobucketDinero, el que se ha dejado en spray para hacer eso…


PhotobucketCualquier sitio es bueno para plantar una pintada


PhotobucketLas cajas de la luz nunca se salvan


PhotobucketPoesía pura como arte urbano


PhotobucketEl jefe del barrio. Su nombre aparece en todas partes. Normalmente, acompañado por un corazón y un nombre de mujer. A veces Cristina, otras Silvia…


PhotobucketSiglas no siempre descifrables


PhotobucketSeñales modificadas


PhotobucketFrente a los juzgados, ¡pintadas por la libertad!


PhotobucketLas paredes tienen eso, que si no las racionas, se acaban, y te queda la pintada a medias


Al final, lo que acaba poblando las paredes de Rubí son los dibujos hechos por arrebato, sin fin artístico y más por reafirmación semivandálica que por otro motivo. Eso no hace más que conducir a la depreciación de la concepción que la gente se hace de los graffitis. Por mera asociación con lo que abunda.

Promovido desde el consistorio, se realiza anualmente un festival de graffitis, con una interesante dotación económica para el ganador. Los horrendos muros de la C-1413 se transforman cada año para dar cabida a bellos retratos, brillantes sátiras o abstractas construcciones. Todo, en un marco de institucionalización que regula estrictamente los límites y posibilidades del graffitero. Una especie de traición al espíritu inicial de estos artistas y un punto para el Ayuntamiento, que ofrece un caramelo anual con el que justificar su postura abierta y moderna, para prohibir la práctica durante el resto del año. El resultado es la coerción en un estilo que cobra su verdadero sentido cuando no tiene normas, cuando transgrede, cuando busca lo que está fuera de su alcance.

Más allá de las firmas con spray que delimitan el territorio, más allá de los trenes parados para ser decorados en tiempo récord y echar a correr, existe la autenticidad que da vida a unas ciudades que, de tan impolutas que se quieren mantener, permanecen artificiales e inánimes.

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