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Obligado a Diderot

“El pensamiento es un bien de la humanidad y no tiene precio”. Nicolas de Condorcet
“El trabajo del artista y del escritor debe ser remunerado”. Denis Diderot

Dejé de adorar el preciado bien de la coherencia un día que leí por internet 4 periódicos distintos, la introducción de un libro, un par de capítulos de una serie y una película, pero agarré un mosqueo monumental porque publiqué un artículo en una web por el que no vi ni un duro.

No puedo sino agarrarme a Condorcet como lector. Porque la primera parte del párrafo anterior es de lo más maravilloso que está viviendo mi generación. Un acceso ilimitado a un tipo de cultura. Ilimitad y a un coste ínfimo. Tan infinito que se vuelve turbador: hay tantos millones de piezas artísticas al alcance que exaspera ser incapaz de abarcarlas todas y cada una de ellas. A veces preferiría que tuviera que comprarme VHS, libros y periódicos en el quiosco. Sería más pobre, pero menos loco.

Me negaré en público toda mi vida a confirmar a Diderot. Demasiado para el goce que me produce el desbocado arte a mi alcance. Aunque, en el fondo, en algún instante acabaré creyendo que, rodeado de proclamas de culturas sostenibles, la de Diderot es la única posible. Pero, repito, jamás lo reconoceré en público. Me avergonzaría poner precio al pensamiento. Sería altísimo, como lo es la maravilla de su difusión a todos y cada uno de nosotros. Que todos los pensadores vivan del aire, pues. Debe ser esa la única solución. Todo lo contrario iría contra lo poético, contra lo mítico de la figura de los creadores. Al fin y al cabo, sólo son locos. Nadie ve como normal a un genio, no queremos que desaparezca de sus vidas la mitología, porque sería contravenir la esperanza de una excentricidad que sobresalte la normalidad regente.

No en las películas, pero al final siempre aparece la SGAE. Y le dice al peluquero que pague. Éste consulta al abogado, que no puede sino decirle, mal que le pese, que los autores tienen la ley de su parte. No es la más bella de las escenas, pero es la que sostiene la película. Nuestro viejo mundo analógico-papelero siempre ha funcionado así. Todo lo que sea cambiarlo desemboca en un miedo atroz. Y nadie quiere pasar miedo, ¿verdad?

Defender a Condorcet y poner la mano cuando pase Diderot. No queda otra. Los artistas mentirán conscientemente si hace falta. Ya lo hacen, de hecho. Su condición de artistas, de genios, les impide negar que la gente se empape de sus obras. Su carácter terrenal, en el otro lado, busca el euro. O los escritores exponen en bibliotecas como si de museos se tratara o no hay más que resignarse a Diderot. Por miedo, como sentimiento profundo. No sea que un día quiera cobrar por escribir.

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