Fernández Mallo: sí eres

La errónea definición nocillista es, probablemente, lo que eleva en demasía un estilo con características marcadas, pero que no merecen la sobrevaloración de que son objeto. Por su buena salud, más que nada. Son considerables las virtudes de Agustín Fernández Mallo –mayores como poeta que como novelista–, tantas como para que la valentía de algunas de sus formas le permitan ser considerado una buena nueva en las letras españolas. Pero insuficientes como para auparle a un papel central de una nueva corriente. No es que no lo sea en sentido estricto. Es, sencillamente, que la historia del presente acostumbra a actuar por exceso o por defecto. En este caso, los halagos le han conferido una posición mucho antes de que la consolidación en el tiempo de su obra y la deriva que tomen los que pertenecen a su generación puedan determinar qué supone esta nueva ola para la literatura hispánica.

Primero, sí es una apreciación de la ciencia como material literario y poético. No sólo en el tema sino en la belleza de las palabras. Fernández Mallo no es ciencia ficción: es la unión de las nomenclaturas científicas con el lenguaje literario. Y, además, sin ser el tema central, convierte los agujeros negros o las formulaciones científicas en nacimiento poético.

La mezcla se puede explicar a partir de su condición de físico. Pero si sólo fuese ese el motivo, tantos otros escritores con formación científica podrían haberlo intentado. Y no ha sido así, por lo que su profesión deviene apreciación del lenguaje científico especializado, que tanto sorprende como desconcierta, pero –mérito incontestable– renueva las estructuras y denota valentía.

Segundo, otra apreciación. La del uso de referencias culturales más multitudinarias (musicales, televisivas) como si fuesen material de culto clásico. La trilogía Nocilla sobrepasa lo canónico; va más allá de la obras pictóricas o de la literaria mitología griega –comúnmente citadas, como necesaria referencia elitista y culturoide–. Se crea, eso sí, otra suerte de elitismo, mérito que atribuirle al conectar directamente con una generación que ha vivido la música y la televisión como formación cultural diaria. Pero otra élite al fin y al cabo.

Si esto no es cultura de élite, que venga Dios y lo vea.

En la barra del bar

Que se pueden pasar muchas horas ahí. Nunca perderlas, está claro. En una barra de bar nunca se pierde nada, si acaso el equilibrio y la compostura. Esa inversión en nuestras vidas acostumbra a traernos mágicos momentos de lucidez demasiado efímeros para recordarlos. Yo todavía conservo un estúpido dibujo o un estúpido mensaje escrito en una servilleta, aunque es probable que mueran al mismo tiempo en que la piel de mi billetero se quiebre lo suficiente.

De ahí que me apasione la idea de Nati de la Puerta: Poesía de barra. Un bar de poemas. Una extraña recopilación de servilletas y posavasos como elementos poéticos de calado muy diferente al convencional, pero tan cotidianos como cualquier café.

Los resultados son una serie de imágenes –algunas literarias, algunas que ni siquiera llegan– de lectura alegre y distendida. Es difícil no arrancarse a sonreír y recordar el día aquel en que tú también…

Por mucho que dude de la procedencia espontánea (y algo me invite a pensar en la creación medida para la recopilación comercial), la idea no deja de resultarme tan y tan graciosa…

Parte del libro resultado, puede verse AQUÍ.

Posavasos poético

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Fernández Mallo: no eres…

Hay un par de cosas que la Generación Nocilla o los postpoéticos no son. Básicamente, un par de cosas que Agustín Fernández Mallo no es (como representante de ese nocillismo que no ha acabado de calar sino en su exclusiva figura). Detalles a los que no se le puede asociar, porque más que ayudarle, perjudica una imagen construida a retazos, cogiendo de aquí y de allá sin que la mezcla responda a la realidad, sino al interés.

La primera, la Generación Nocilla no es moderna. No. Los Smiths no son modernos. O tan modernos como que se disolvieron en el 87. Haber escrito influido por las canciones de Morrissey en los 80 habría sido moderno. Habría sido la hostia, además de modernísimo. Incorporar versos de sus estrofas habría sido, efectivamente, una gran decisión literaria en cualquiera que se hubiera atrevido a hacerlo en las letras españolas. Pero no en el Siglo XXI. Las referencias no son modernas: La Casa de la Pradera hace millones de años que no se emite, El Coche Fantástico y El Equipo A todavía pueden verse con la necesidad de relleno de los nuevos canales digitales, pero desprenden un indisociable sabor añejo…

Que se bañen los textos con algunas referencias indie pop actuales no convierte las palabras en modernas. Las referencias confesadas provienen de una adolescencia ya algo lejana. Vaya, que Fernández Mallo nació en el 67. Allá por entonces, todavía vivía el tío Paco.

Carne de píxel (izquierda) y Nocilla Dream (derecha)

El bueno…                                                                   y el malo

La segunda, el escritor coruñés no abandera una nueva corriente literaria, más allá del pedante artilugio comercial de la postpoesía. La estructura de sus Nocillas remite a algo tan clásico como el tablero de dirección de Cortázar. No es el fecundo mundo bloggero concentrado en un libro tradicional, en literatura. Es una construcción conocida, que no por capítulos escuetos, conexiones saltarinas y copias de párrafos literarios o estrofas de canciones, responde ya a un lenguaje hipertextual ni entronca con una escritura diseñada para la red.

Incorpora, sí, la ciencia como si de un elemento literario más se tratara. Pero eso, más allá de la brillantez o mediocridad del resultado (ahí sí, es el gusto el que prima), no es una nueva vía. Es un mestizaje poco explorado, es una explotación inusual y hasta reveladora. Pero no, no es una nueva literatura.

Obligado a Diderot

“El pensamiento es un bien de la humanidad y no tiene precio”. Nicolas de Condorcet
“El trabajo del artista y del escritor debe ser remunerado”. Denis Diderot

Dejé de adorar el preciado bien de la coherencia un día que leí por internet 4 periódicos distintos, la introducción de un libro, un par de capítulos de una serie y una película, pero agarré un mosqueo monumental porque publiqué un artículo en una web por el que no vi ni un duro.

No puedo sino agarrarme a Condorcet como lector. Porque la primera parte del párrafo anterior es de lo más maravilloso que está viviendo mi generación. Un acceso ilimitado a un tipo de cultura. Ilimitad y a un coste ínfimo. Tan infinito que se vuelve turbador: hay tantos millones de piezas artísticas al alcance que exaspera ser incapaz de abarcarlas todas y cada una de ellas. A veces preferiría que tuviera que comprarme VHS, libros y periódicos en el quiosco. Sería más pobre, pero menos loco.

Me negaré en público toda mi vida a confirmar a Diderot. Demasiado para el goce que me produce el desbocado arte a mi alcance. Aunque, en el fondo, en algún instante acabaré creyendo que, rodeado de proclamas de culturas sostenibles, la de Diderot es la única posible. Pero, repito, jamás lo reconoceré en público. Me avergonzaría poner precio al pensamiento. Sería altísimo, como lo es la maravilla de su difusión a todos y cada uno de nosotros. Que todos los pensadores vivan del aire, pues. Debe ser esa la única solución. Todo lo contrario iría contra lo poético, contra lo mítico de la figura de los creadores. Al fin y al cabo, sólo son locos. Nadie ve como normal a un genio, no queremos que desaparezca de sus vidas la mitología, porque sería contravenir la esperanza de una excentricidad que sobresalte la normalidad regente.

No en las películas, pero al final siempre aparece la SGAE. Y le dice al peluquero que pague. Éste consulta al abogado, que no puede sino decirle, mal que le pese, que los autores tienen la ley de su parte. No es la más bella de las escenas, pero es la que sostiene la película. Nuestro viejo mundo analógico-papelero siempre ha funcionado así. Todo lo que sea cambiarlo desemboca en un miedo atroz. Y nadie quiere pasar miedo, ¿verdad?

Defender a Condorcet y poner la mano cuando pase Diderot. No queda otra. Los artistas mentirán conscientemente si hace falta. Ya lo hacen, de hecho. Su condición de artistas, de genios, les impide negar que la gente se empape de sus obras. Su carácter terrenal, en el otro lado, busca el euro. O los escritores exponen en bibliotecas como si de museos se tratara o no hay más que resignarse a Diderot. Por miedo, como sentimiento profundo. No sea que un día quiera cobrar por escribir.

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Todos los turcos tienen bigote

Tantas veces se lo he escuchado a mi padre, que empecé a pensar que era verdad. Siempre que en televisión aparece un turco que lleva bigote, mi padre repite siempre la misma frase. Lógicamente, no la va a decir cuando sale un turco bien afeitado…

Yo, friki de lo mío, siempre empiezo a pensar en jugadores de baloncesto que lluzcan bigote. Tengo repasada mentalmente toda la selección de Turquía del último Eurobasket de Polonia. Y nada. Los que tenían bigote respondían a una especie de pseudobarba o perilla que, por propia definición, contenía un mostacho. Pero bigote, bigote, como nos ha enseñado Aznar toda la vida, no.

Entonces recordé al padre de la actual Turquía (bueno, o cada vez menos padre o cada vez más diferente actual Turquía), para concluir si su representación hacía extensible el bello facial a todo el pueblo. Y sí. Algunos de los retratos más comunes de Mustafa Kemal Ataturk le pintan con bigote. Debe ser eso. Que el líder marcó tendencia. Porque no creo que hubiera muchos turcos por España hace 35 años.

El tercer estadio de mi constatación me llevó a los miles de programas que pueblan las parrillas españolas sobre viajes o historietas varias desde el extranjero. Desde el precursor Afers exteriors de Mikimoto, el Dutifrí de Javier Sardá, Españoles en el Mundo, Madrileños por el Mundo, Castellanomanchegos por el Mundo, Callejeros viajeros… Intenté mirar los reportajes ambientados en Turquía, básicamente en Bizan… digo Constanti… O sea, Estambul, vaya. Y tampoco es que se vieran muchos bigotes en los segundos planos de Sardá o Mikimoto. Lo que sí que vi era que todos los programas se parecían sospechosamente, hasta el punto de transmitir, la mayor parte de ellos, la misma visión. Como si programas de supuesta obertura al mundo, de mentes amplias, fuesen los mayores reproductores de tópicos.

El Llongueras de Latre puede ser un ejemplo.

Por último, me di un paseo por los kebabs de mi ciudad. Ni un solo mostacho. Aquello ya tenía mala pinta.

Llegué a concluir que igual era mentira eso de que todos los turcos tienen bigote. Pero tampoco llegué mucho más lejos de ahí. Me apetecía afirmar que el bigote está demodé, sobre todo porque no tenía muy claro cuántas veces podría utilizar la palabra demodé en vi vida (y las oportunidades no se dejan escapar), pero entonces me acordé de Aznar. Me supo mal, pero no podía faltar a la verdad.

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Palabras bonitas: utopía

abril 28, 2010 Deja un comentario

Pertenece a ese tipo de palabras que desconoces durante años y que, una vez aprendes, eres incapaz de reprimir las ganas locas de usarla. Los relatos adolescentes están llenos de utopía, muestra de reciente aprendizaje. Pero también muestra de belleza concentrada y de exclusividad semántica: ninguna otra palabra significa nada que se le acerque ni lo hace con tal precisión.

Utopía es bella por lo que es, pero también por el placer de su lectura. Mas especialmente por el poder de atracción con el que cuenta en toda oración. Utopía jamás es una palabra secundaria, su magnetismo es tal que es imposible considerarla algo que no sea el centro de significado de una frase. Algo así como si siempre la acompañara la negrita.

Es pretenciosa, claro que sí. Nadie utiliza utopía en vano, pues el peligro de quedar ridiculizado si lo hace es elevado. Sólo exoste en términos trascendentales, porque es trascendente en sí misma. Es juez: te eleva como escritorcillo o te retrata como burdo juntapalabras.

En la campaña “La palabra más bella del castellano”, organizada por la Escuela de Escritores, utopía estaba, como no podía ser de otra manera, entre las 100 elegidas. Aunque de algo no hay duda: es imperdonable que estuviera por detrás de lapislázuli. Por favor, lapislázuli… ¿Con quién ha empatado ese maldito pedrusco? Si por lo menos fuese un azabache o un rubí, pero es que ni eso.

¡Ay si fuese tan sonora como un susurro! Entonces ya no cabría duda, no podría desbancarla ni el amor. Y es que utopía suena un pelín brusca. Cosa de las oclusivas, supongo. Demasiado contundente para una palabra que se impone por simple belleza, en la que el uso de la fuerza debería ser innecesario. Sólo queda pronunciarla en francés, donde todo parece sonar más bello. Por lo menos, si te lo susurra Carla Bruni…

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El horror de Saló

abril 25, 2010 Deja un comentario

Calificarla de gore sería faltar a la verdad de la locura de Pasolini. No es gore, es otra cosa. No sé exactamente el qué, pero otra cosa. Es una invitación a cerrar los ojos, a esconder la cabeza entre los cojines y a hacer uso del flashforward del mando. Porque hay momentos en que eso no se aguanta.

La perversión del poder hecha película

Sí, la crítica es brutal, aterradora y probablemente necesaria, pero supera incluso la enfermedad. Lo que expone la película impide pensar hasta horas después de su visionado. Llama de mechero acercándose al pene, un enorme banquete de heces, sadismo muy por encima del sexo, las más dispares torturas… La sensación de vómito es hasta física, como igualando la película a una borrachera de las que te impide recuperar el equilibrio estomacal como poco durante esa noche.

La naturalidad con la que parece concebida la exposición de ese horror es de agradecer al director italiano. Las escenas son crudas en sí mismas, con los únicos límites de lo que llega a provocar la condición humana. Pero su exposición es simple, sin artificios que las vistan todavía más de lo que ya son. Tal vez por eso crean tal horror. Resulta difícil concebirla de otra manera, pero más difícil resulta imaginar hasta qué punto podría haber salido de ahí un monstruo (o uno más grande) si se hubiera forzado cada escena al límite de las posibilidades cinematográficas, buscando el escándalo, el horror y la exageración.

Siempre desnudos y no se me ocurriría calificarla de sexual

Sin equivalente. Es que resulta tan complejo pensar que alguien hoy pudiera siquiera atreverse a escribir con tal crudeza sin ser encerrado… Sólo el prestigio y la posición de Pasolini le permitieron la libertad creativa para crear Saló o los 120 días de Sodoma. Una libertad tan extrema que es complicado concebirla todavía mayor en esos polémicos rollos con escenas inéditas de la película que supuestamente fueron moneda de chantaje. Aunque no fuesen causa y efecto, da igual, la frase lo merece: una libertad tan extrema, la libertad tan extrema, que conduce a la muerte.

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