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Archive for the ‘Literatura’ Category

¿Un periodista no es un escritor?

Pues no, Monzó. De verdad que ya cansa el tema de igualar periodistas y escritores como hermanos del alma, de la misma sangre, el mismo color de piel y el mismo barrio. Sí, ambos escriben, pero que no es lo mismo, Quim.

El periodista guarda esa relación íntima con la información y con la actualidad que no tiene absolutamente nada que ver con el escritor. El periodista tiene esa vinculación con el corto espacio y con lo fugaz que no entiende de largas distancias y pausadas reflexiones como el escritor. No quita que las armas de unos y otros sean las mismas y que me fascinen aquellos periodistas que hacen del lenguaje literario su marca de estilo en prensa. Pero que dos cientos escritores escriban columnas de opinión no iguala ambas clases. Unos son unos y otros son otros. Por mucho que algunos periodistas devengan magníficos escritores y algunos escritores se acaben desenvolviendo con maestría en géneros más cercanos a lo periodístico.

Para escribir una columna diaria tienes que escribir muchas cosas.
Y no hay tantas cosas interesantes en el mundo sobre las que escribir…

Ese proletario hermanamiento de sangre parece esconder la frustración de un periodista que se siente el hermano pobre, feo, paticorto y berrugoso del apuesto y esbelto escritor. Como una clase inferior. Y no es cuestión de clases. La igualación del periodista al escritor no puede sino aumentar la frustración de un periodismo cuyo nivel medio está muy lejos de la capacidad que se le presupone a un escritor.

El autoengaño para subir la autoestima del gremio se torna doble cuando se pretende embaucar también al lector: que todos vean en el creador del artículo una pluma como la que se encuentra cuando lee un libro (si no es de Dan Brown, claro). El resultado será de broma y la decepción del colectivo crecerá en espiral.

Los mensajes de optimismo son cíclicos. No puede refrenarse cualquier articulista de, llegado el momento, loar las virtudes de la profesión periodística y defenderla a ultranza ante los malhechores que la perturban. Como si fuera tan intocable que sólo ella decide sobre sí misma y sobre el resto. Y, de vez en cuando, le da por igualarse a los escritores. Otros días, la toman con mensajeros; otras con los jueces. El caso es no saber definirse por lo que sé es. Y luego venga a acariciarse para subirse el autoestima.

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Fernández Mallo: sí eres

La errónea definición nocillista es, probablemente, lo que eleva en demasía un estilo con características marcadas, pero que no merecen la sobrevaloración de que son objeto. Por su buena salud, más que nada. Son considerables las virtudes de Agustín Fernández Mallo –mayores como poeta que como novelista–, tantas como para que la valentía de algunas de sus formas le permitan ser considerado una buena nueva en las letras españolas. Pero insuficientes como para auparle a un papel central de una nueva corriente. No es que no lo sea en sentido estricto. Es, sencillamente, que la historia del presente acostumbra a actuar por exceso o por defecto. En este caso, los halagos le han conferido una posición mucho antes de que la consolidación en el tiempo de su obra y la deriva que tomen los que pertenecen a su generación puedan determinar qué supone esta nueva ola para la literatura hispánica.

Primero, sí es una apreciación de la ciencia como material literario y poético. No sólo en el tema sino en la belleza de las palabras. Fernández Mallo no es ciencia ficción: es la unión de las nomenclaturas científicas con el lenguaje literario. Y, además, sin ser el tema central, convierte los agujeros negros o las formulaciones científicas en nacimiento poético.

La mezcla se puede explicar a partir de su condición de físico. Pero si sólo fuese ese el motivo, tantos otros escritores con formación científica podrían haberlo intentado. Y no ha sido así, por lo que su profesión deviene apreciación del lenguaje científico especializado, que tanto sorprende como desconcierta, pero –mérito incontestable– renueva las estructuras y denota valentía.

Segundo, otra apreciación. La del uso de referencias culturales más multitudinarias (musicales, televisivas) como si fuesen material de culto clásico. La trilogía Nocilla sobrepasa lo canónico; va más allá de la obras pictóricas o de la literaria mitología griega –comúnmente citadas, como necesaria referencia elitista y culturoide–. Se crea, eso sí, otra suerte de elitismo, mérito que atribuirle al conectar directamente con una generación que ha vivido la música y la televisión como formación cultural diaria. Pero otra élite al fin y al cabo.

Si esto no es cultura de élite, que venga Dios y lo vea.

En la barra del bar

Que se pueden pasar muchas horas ahí. Nunca perderlas, está claro. En una barra de bar nunca se pierde nada, si acaso el equilibrio y la compostura. Esa inversión en nuestras vidas acostumbra a traernos mágicos momentos de lucidez demasiado efímeros para recordarlos. Yo todavía conservo un estúpido dibujo o un estúpido mensaje escrito en una servilleta, aunque es probable que mueran al mismo tiempo en que la piel de mi billetero se quiebre lo suficiente.

De ahí que me apasione la idea de Nati de la Puerta: Poesía de barra. Un bar de poemas. Una extraña recopilación de servilletas y posavasos como elementos poéticos de calado muy diferente al convencional, pero tan cotidianos como cualquier café.

Los resultados son una serie de imágenes –algunas literarias, algunas que ni siquiera llegan– de lectura alegre y distendida. Es difícil no arrancarse a sonreír y recordar el día aquel en que tú también…

Por mucho que dude de la procedencia espontánea (y algo me invite a pensar en la creación medida para la recopilación comercial), la idea no deja de resultarme tan y tan graciosa…

Parte del libro resultado, puede verse AQUÍ.

Posavasos poético

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Fernández Mallo: no eres…

Hay un par de cosas que la Generación Nocilla o los postpoéticos no son. Básicamente, un par de cosas que Agustín Fernández Mallo no es (como representante de ese nocillismo que no ha acabado de calar sino en su exclusiva figura). Detalles a los que no se le puede asociar, porque más que ayudarle, perjudica una imagen construida a retazos, cogiendo de aquí y de allá sin que la mezcla responda a la realidad, sino al interés.

La primera, la Generación Nocilla no es moderna. No. Los Smiths no son modernos. O tan modernos como que se disolvieron en el 87. Haber escrito influido por las canciones de Morrissey en los 80 habría sido moderno. Habría sido la hostia, además de modernísimo. Incorporar versos de sus estrofas habría sido, efectivamente, una gran decisión literaria en cualquiera que se hubiera atrevido a hacerlo en las letras españolas. Pero no en el Siglo XXI. Las referencias no son modernas: La Casa de la Pradera hace millones de años que no se emite, El Coche Fantástico y El Equipo A todavía pueden verse con la necesidad de relleno de los nuevos canales digitales, pero desprenden un indisociable sabor añejo…

Que se bañen los textos con algunas referencias indie pop actuales no convierte las palabras en modernas. Las referencias confesadas provienen de una adolescencia ya algo lejana. Vaya, que Fernández Mallo nació en el 67. Allá por entonces, todavía vivía el tío Paco.

Carne de píxel (izquierda) y Nocilla Dream (derecha)

El bueno…                                                                   y el malo

La segunda, el escritor coruñés no abandera una nueva corriente literaria, más allá del pedante artilugio comercial de la postpoesía. La estructura de sus Nocillas remite a algo tan clásico como el tablero de dirección de Cortázar. No es el fecundo mundo bloggero concentrado en un libro tradicional, en literatura. Es una construcción conocida, que no por capítulos escuetos, conexiones saltarinas y copias de párrafos literarios o estrofas de canciones, responde ya a un lenguaje hipertextual ni entronca con una escritura diseñada para la red.

Incorpora, sí, la ciencia como si de un elemento literario más se tratara. Pero eso, más allá de la brillantez o mediocridad del resultado (ahí sí, es el gusto el que prima), no es una nueva vía. Es un mestizaje poco explorado, es una explotación inusual y hasta reveladora. Pero no, no es una nueva literatura.