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Cartier-Bresson y el otro Guevara

El ‘ojo del siglo XX’ lo es por los emblemáticos personajes que pasaron por su objetivo (Picasso, Matisse, Edith Piaf, Marie Curie…) y por los grandes eventos (nuestra Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial, la entrada de Mao a Pekín…). Su longevidad (alcanzó los 95) le encumbra como enorme clásico, hasta catedrático, figura de hondo calado y digna de reverencia, pero no en el misticismo que representa como grado máximo uno de sus colegas y amigos, Robert Capa, que dejó su cámara junto a una explosiva mina indochina. Afortunadamente, ambos nos dejaron la inolvidable creación de Magnum, que internet ha convertido en una de esas páginas webs de una belleza que te absorbe durante horas.

Entre los interminables logros de Henri Cartier-Bresson siempre me ha llamado poderosamente la atención el reportaje de la nueva Cuba para Life, que la mítica revista publicaría en marzo del 63. Ese “first close look at the cuban people since the country clamped down” es el contraste. Si el Che parece haber regalado todo su legado iconográfico a la instantánea de Alberto Korda, son los Cartier-Bresson, Rene Burri o Elliott Erwitt el necesario contrapunto, el otro foco. Tan verdadero como el otro, e igualmente necesario.

Korda representa el mito, hasta el punto que existen dos Ernestos Guevara: el verdadero y el Che de Fitzpatrick, surgido a partir de la mirada perdida que captó el fotógrafo cubano. En una deriva incontrolable y tan pop como la Coca Cola, la biografía gráfica de Korda parece ya diezmada, sometida al icono que creó sin querer quererlo. Ese Che tan revolucionario, tan representante de todo lo que se quiera representar desvirtúa la genial obra de un Korda que sentía las mismas convicciones que pregonaba el argentino.

Tal vez por eso los Cartier-Bresson, Burri y Erwitt son más necesarios y un repaso por su obra trae el otro Guevara, el sentado en el despacho del Ministerio de Industria puro en mano, el burócrata fuera de su ámbito. Ese nuevo Che que produce una sombra tan diferente, esa nueva pose de mirada activa (y no perdida), ese rostro sonriente y vehemente, ese ministro vestido de militar. Son esas instantáneas las que dejan a un Ernesto Guevara tan o más representativo que el conocido por todos. Como más Ernesto y menos Che.

En ello, Cartier-Bresson fue apenas uno más. Uno más en la complejísima iconografía de Guevara, que quizás nunca deje de ser sesgada.

El Che, fotografiado por Henri Cartier-Bresson

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