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Archive for the ‘Cine’ Category

Falso Zelig

El mentiroso menos mentiroso del mundo. O Leonard Zelig. Su aspecto muta como lo querrían hacer tantas personas para sentirse integrados en cada lugar que pisaran. Así, a Zelig tanto le da la Alemania nazi que una colonia judía o un grupo negro. Él siempre va a ser aceptado porque, en todas partes, es uno de ellos.

No es ese el motivo del (falso) documental. No ha existido nadie que se hubiera manifestado de tantas formas, aunque más de un estafador podría entrar en una pequeña parte de ese perfil. El mockumentary viene por el planteamiento que adopta Woody Allen para presentar al personaje que encarna él mismo. [Por cierto, ya no sé qué patrón de película de Allen prefiero: aquel en el que se dirige a sí mismo o en el que comanda a Scarlett Johansson].

Los diversos aspectos del camaleónico Leonard

Diversos testimonios relatan a la cámara cómo se cruzaron con Leonard y dan su versión acerca de los diferentes aspectos que adoptaba en los diferentes lugares. Esos testimonios, intercalados con representaciones de las actuaciones de Zelig salvan el salto temporal y ofrecen algo de dinamismo al film. Aunque, para lo que tiene acostumbrado Woody Allen, la película transcurre en mi cabeza demasiado lenta.

No estoy preparado, quizá, para ello. Me cuesta sentarme ante un trabajo de Woody Allen y no encontrarme con una película en el más estricto sentido de la palabra. El documentalismo actúa como divisor de algunas de las cualidades del cineasta neoyorkino que, para mí, nunca han sido tantas como extraordinaria y unánimemente se le reconocen.

Más en boga actualmente que en 1983, puede recaer en Allen el interés por un lugar no tan explorado como lo es hoy y un afán por buscar nuevos territorios fílmicos en su carrera. Sin duda, algo diferente a los falsos documentales que proliferan ahora, con menos vocación fílmica y más de crítica, de estudio o de divulgación.

A mí, repito, el resultado no me convence. Y mira que detesto resumir de este modo una película. Pero es que Woody Allen me despierta una tremenda modestia en las valoraciones. A todos les merece elogios, todos alaban sus virtudes, todos ensalzan sus obras, que me da por pensar que algo no soy capaz de ver en ellas para que no me despierten la misma aduladora sensación. Eh, pero de momento sólo con Woody Allen, no nos pasemos…

El inicio del falso documental, o película, al fin y al cabo

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El horror de Saló

abril 25, 2010 Deja un comentario

Calificarla de gore sería faltar a la verdad de la locura de Pasolini. No es gore, es otra cosa. No sé exactamente el qué, pero otra cosa. Es una invitación a cerrar los ojos, a esconder la cabeza entre los cojines y a hacer uso del flashforward del mando. Porque hay momentos en que eso no se aguanta.

La perversión del poder hecha película

Sí, la crítica es brutal, aterradora y probablemente necesaria, pero supera incluso la enfermedad. Lo que expone la película impide pensar hasta horas después de su visionado. Llama de mechero acercándose al pene, un enorme banquete de heces, sadismo muy por encima del sexo, las más dispares torturas… La sensación de vómito es hasta física, como igualando la película a una borrachera de las que te impide recuperar el equilibrio estomacal como poco durante esa noche.

La naturalidad con la que parece concebida la exposición de ese horror es de agradecer al director italiano. Las escenas son crudas en sí mismas, con los únicos límites de lo que llega a provocar la condición humana. Pero su exposición es simple, sin artificios que las vistan todavía más de lo que ya son. Tal vez por eso crean tal horror. Resulta difícil concebirla de otra manera, pero más difícil resulta imaginar hasta qué punto podría haber salido de ahí un monstruo (o uno más grande) si se hubiera forzado cada escena al límite de las posibilidades cinematográficas, buscando el escándalo, el horror y la exageración.

Siempre desnudos y no se me ocurriría calificarla de sexual

Sin equivalente. Es que resulta tan complejo pensar que alguien hoy pudiera siquiera atreverse a escribir con tal crudeza sin ser encerrado… Sólo el prestigio y la posición de Pasolini le permitieron la libertad creativa para crear Saló o los 120 días de Sodoma. Una libertad tan extrema que es complicado concebirla todavía mayor en esos polémicos rollos con escenas inéditas de la película que supuestamente fueron moneda de chantaje. Aunque no fuesen causa y efecto, da igual, la frase lo merece: una libertad tan extrema, la libertad tan extrema, que conduce a la muerte.

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El fenómeno Penélope Cruz

febrero 22, 2010 Deja un comentario

Musa última de Almodóvar y bajo la claqueta de ilustres nombres como Amenábar, Trueba o Woody Allen, Penélope Cruz es la funámbula de tan extraño equilibrio entre el star system hollywoodiense y el papel cuché español. Esa figura por la que la prensa estadounidense moría por fotografiar junto a Tom Cruise, y que es merecedora del reconocimiento de un Oscar. Esa figura por la que la prensa española muere por fotografiar junto a Javier Bardem y por la que Álex de la Iglesia se habría rasgado las muñecas de no aparecer en la alfombra roj… digo, verde, de los Goya.

Tenue doble equilibrio entre mundos tan dispares en lo que al tratamiento de sus estrellas se refiere, como el español y el estadounidense, y entre dos esferas tan a menudo ligadas como la del cine y la del corazón. Salir de todas ellas no sólo indemne sino airosa, respetada y alabada, tal vez no sea la clave del fenómeno de la actriz alcobedense. Pero, cuanto menos, sí una de sus consecuencias más brillantes. Y lo es con especial mérito si tenemos en cuenta la puntual brillantez en sus actuaciones, en una carrera ya tan extensa como plagada de papeles desapercibidos.Entre los logros de Pe destaca la comodidad y desenvoltura en dos esferas cinematográficas y sociales de muy diverso calado. Sin miedo al equívoco, parece emular papeles cruzados en su doble vida. Abraza aquel que más resplandece al calor de las tan diferentes luces del Teatro Kodak de Los Angeles y del Palacio Municipal de Congresos de Madrid. La mujer pasionalmente latina de Vicky Cristina Barcelona y la explícita sensualidad de Nine, más la flamenco-folclórica que Annie Leibovitz creó para Vogue, se sostienen por sí solas en Estados Unidos, facilitándole su entrada en el fagocitador mundo de Hollywood, a lo que algo tuvo que aportar también Cruise. Todo ello, con prensa y opinión española recibiendo los estímulos de forma amable, sin entrar en cólera por la imagen mental de la estrella española devaluada en el tópico.

Esa cara tiene el también amable trasfondo ibérico, con una Pe (hasta en el diminutivo parecen haber cuadrado ambos mundos) que hace las veces de mega estrella en los actos del cine español y que actúa de embajadora en los Yuesei sin rubor ni altivez. Esa que aporta de forma natural el glamour del que acostumbra a carecer la escena cinematográfica local. El gran foco en una alfombra roj… verde, vaya. Esa por cuyo rostro la audiencia televisiva de la gala de los Goya se eleva en (por lo menos) medio millón, por el simple hecho de sentarse en primera fila junto a un hombre de apellido Bardem. La que importa sin ficción lo que la escena mediática estadounidense le ha concedido. Todo, cuidándose de encajar su agenda para alternar los papeles en ambos cines, sin despreciar los que le ofrece la escena española (especialmente la almodovariana), e incluso reservándose para ésta algunas de sus más brillantes posturas como actriz, la de más viva pasión con la cámara y la más descarnada, comúnmente.

La legitimidad del estrellato de la madrileña reside en buena parte en la risueña doble cara que la convierte en una de las figuras españolas más mediáticas. Al nivel o por encima incluso de Antonio Banderas o el propio Javier Bardem, que se le acercan en la condición pero no en la postura y en el equilibrio, donde Penélope expande el fenómeno. El deseo por su figura a ambos lados del charco y la irremediable combinación de su carrera cinematográfica con la de amoríos hacen de Penélope centro recurrente en conversaciones de cesta de la compra, en las picantes de barra de bar, en las gafapasta pseudointelectuales y en las eruditas cinematográficas. Y en muchas más. Un mito, oiga.

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